Categoría - Fanatismo

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El fanatismo de la vida cotidiana
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El fanatismo de la vida cotidiana
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Una educación para una ética de la ciudadanía como vía contra el fanatismo

El fanatismo de la vida cotidiana

Conferencia impartida por Mercedes Puchol para PWN | Madrid

En primer lugar quisiera agradecer a PWN y al Club DP y, en especial, a Miren Polo, Lourdes Iñigo y a Raquel Cabezudo como presidenta, la organización de este evento en el que voy a tener la oportunidad de compartir con todas vosotras mis pensamientos en torno a un tema en el que vengo trabajando desde hace ya un tiempo “El fanatismo”. Sin embargo, el motivo por el que he decidido titular a mi conferencia de hoy: “El fanatismo de la vida cotidiana” es porque a través de esta deseaba profundizar en el fanatismo, no tanto como organización de la personalidad o estructura de la mente que encontramos en determinados individuos y que, desgraciadamente y de forma dramática ocupan muchas de las portadas de nuestros periódicos y noticiaros, sino que mi intención, hoy, es referirme a todas aquellas  situaciones y fenómenos dentro del área del fanatismo que forman o pueden formar parte de nuestra  cotidianeidad o de nuestro vivir común.

Desde la perspectiva que voy a tomar, podemos partir de la base de que los rasgos, aspectos o funcionamientos fanáticos,  que pueden expresarse de diversas formas, responden a una potencialidad inherente a todos nosotros y, por tanto, propia del ser humano, que puede estar más o menos latente, y que puede manifestarse en diferentes contextos y situaciones, dando lugar a “estados mentales fanáticos” o “aspectos y/o rasgos fanáticos de la personalidad” que derivarían en funcionamientos o actuaciones fanáticas con diferente grado de intensidad y extensión en cada persona.

PWN Madrid

Quisiera partir de la definición sobre el fanatismo que nos aporta  Amos Oz (2003) en su libro “Contra el fanatismo”. Como sabéis, Amos Oz es un novelista y periodista israelí considerado uno de los más importantes escritores e intelectuales contemporáneos cuyos escritos exploran las tensiones y presiones que soportan las personas por la ideología, las fronteras geográficas y su duro pasado histórico.  Este autor se ha interesado mucho por el conflicto palestino-israelí, y fue uno de los fundadores del movimiento pacifista israelí Shalom Ajshav. El dice así:

El fanatismo es más viejo que el islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Más viejo que cualquier Estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Desgraciadamente, el fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera. (p.13)

Desde este vértice,  podríamos decir que el fanatismo no sería algo propio de una cultura, una ideología, una nación o una religión, sino que es algo que se puede adherir a todo ello  formando parte de  todos nosotros como una potencialidad en nuestro interior. En este sentido, el fanatismo no sería definido  por una idea o enunciado, sino esencialmente,  por <<un uso que se adhiere firme y tenazmente a cualquier enunciado (…) emoción, idea, sentimiento o teoría [incluso científica] haciéndole adquirir lo que denominamos la “cualidad fanática” >> (Sor, D., 1992, p. 262). Desde esta perspectiva, entonces, podríamos decir que cualquier enunciado, idea  o acción podría ser susceptible de “ser fanatizada”, más allá de que haya ciertos ámbitos que puedan ser más proclives que otros a que se produzca este fenómeno.

En lo que a su origen se refiere, podemos pensar que el fanatismo comienza a gestarse en el ámbito familiar y en el  entorno social circundante cuando empieza a producirse una situación de alienación que podríamos describir como una especie de “secuestro de la identidad” (Martin Solar, A. Mª, 2015). Esta situación conduce a que los mensajes de los Otros: esencialmente e inicialmente los de los progenitores y, después, los educadores, maestros y otras importantes figuras de identificación para el niño, lleguen a alojarse adhesivamente y, por tanto,  con una excesiva fijeza en la mente del niño. De esta forma, el niño llega a experimentar una especie de necesidad compulsiva a someterse (consciente y/o inconscientemente) a determinados mandatos, imposiciones o visiones del mundo y de los otros que le vienen de fuera, y que le conducen a desarrollar una especie de “leyenda única” sobre los hechos o situaciones, e incluso la historia, comenzando por la suya propia. Y esta visión unilateral o leyenda única (que, como tal, siempre es parcial), a su vez  le impide desarrollar una verdadera libertad de pensamiento, lo que le lleva a repetir de modo ecolálico, sin que pueda mediar un filtro que los metabolice, los pensamientos y acciones de los otros que pueden pasar a convertirse en los únicos referentes para ser emulados.

Precisamente, el propio Amos Oz (2003) también  nos transmite en su libro “Contra el fanatismo” que:

El fanatismo comienza en casa. Precisamente por la urgencia tan común de cambiar a un ser querido por su propio bien. (…) Comienza por la urgencia de decirle a un hijo: <<tienes que hacerte como yo, no como tu madre>>o <<tienes que hacerte como yo, no como tu padre>> o<<por favor, sé muy diferente de ambos>>. O cuando los cónyuges se dicen entre sí: <<tienes que cambiar, tienes que hacerte como yo o de lo contrario este matrimonio no funcionará>>. Con frecuencia, comienza por la urgencia de vivir la propia vida a través de la vida de otro. De anularse uno  mismo para facilitar la realización del prójimo o el bienestar de la generación siguiente. (p.28-29)

En relación con todo esto podemos decir, entonces, que aún los estamentos más supuestamente benévolos o beneficiosos  como lo son la institución familiar o educativa  pueden estar sujetos a un uso fanático. Es también desde ahí desde donde se pueden ir gestando las ideas propias de los regímenes totalitarios y de cualquier ideología que tienda a implantar la tiranía y el terror. Pero más allá de las ideas políticas que, obviamente pueden ser fáciles presas del fanatismo, cualquier idea referida al cuidado de los niños, a su higiene, a su educación, y a las relaciones entre personas y diferentes cosas puede ser portadora de una idea que acabe siendo entronizada a la categoría de valor absoluto e incuestionable.

Mercedes Puchol PWN Madrid

Me ha parecido también interesante complementar la definición  del fanatismo que nos aporta Amos Oz con la del antropólogo e historiador palestino Thedore Zeldin  (2018) que dice:

La certeza es el lenguaje fanático. Desde mi punto de vista tenemos muchos fanatismos de distinto tipo nosotros también. No sólo los violentos. Hay muchos prejuicios que son una forma de fanatismo. Sólo tienes una idea y todo lo demás es malo. Es una respuesta humana básica. La raíz del fanatismo.

En otro contexto, incluso el propio campo científico puede estar, paradójicamente, lleno de usos fanáticos. De hecho, desde hace tiempo,  ha habido voces que han puesto de relieve la sacralización del saber científico y las posibles actitudes imperialistas de la ciencia que conducen al oscurecimiento de sus propias finalidades y consecuencias. La actitud fanática no proviene solo de aquellas creencias  que se oponen a las ideas –para utilizar la conocida, y clara, distinción de Ortega y Gasset- sino que también se asienta, como decía al principio, en las ideas mismas, que incluso puedan estar fundadas en supuestos argumentos racionales pero que, llevadas a la práctica con actitud fanática implican, entre otras cosas,  que el fin justifica los medios.

En relación con esto el sueño cientifista también ha sido denunciado en nombre de las motivaciones desconocidas que pueden subyacer a él: el dominio, la exclusión del azar y el control. Para ilustrar de una forma extrema el nivel al que podría llegar un uso fanático de la ciencia y la tecnología podemos pensar  en la famosa novela de A. Huxley: Un mundo feliz, a través de la que el escritor describe una sociedad distópica o antiutópica en la que los hombres son supuestamente “felices”, pero no libres. A través de esta obra literaria podemos vislumbrar la dura crítica del autor hacia la  deriva que fantaseaba que podía tomar la sociedad occidental, así como el fuerte  ataque a los sistemas totalitarios que se sirven de la ciencia y la tecnología, entronadas a la categoría de bienes supremos, para controlar los pensamientos y acciones de la gente. Esta novela, de vigente actualidad, también nos puede hacer pensar en la continua manipulación mediática a la que estamos expuestos, y en cómo podemos hacernos no sólo receptores, sino también agentes muchas veces inconscientes, de continuos eslóganes sociales y publicitarios que pueden vehiculizar una “violencia de lo invisible o un poder sin nombre” (Moreno, E.,1995, p.20). Por ejemplo, algunas de las máximas morales de la sociedad fantaseada por Huxley podían ser: “¡Viva la promiscuidad y fuera los lazos emocionales!”, “no dejes para mañana la diversión que puedas tener hoy”; “cuando el individuo siente la comunidad se resiente”, etc. Eslóganes que podemos encontrar en la sociedad actual del año 2018 sin necesidad de tener que esperar al lejano futuro en que Huxley los ubicaba. Conjuntamente, nosotros podríamos añadir a los eslóganes propuestos por Huxley en su novela muchos otros eslóganes que impregnan nuestra sociedad actual.

En esta misma línea, también existe el fanatismo de lo que la psicoanalista Eloísa Castellano (2015) denominó como “el fanatismo de lo políticamente correcto”. Esta psicoanalista mencionaba el ejemplo de un niño a cuyos profesores les costaba entender que no le gustara el fútbol. De esta forma, podemos observar cómo determinados eslóganes, emblemas, prejuicios y pautas de conducta tienden a uniformizarnos y homegeneizarnos como sujetos llevándonos a perder una de las cosas más preciadas: nuestra libertad  de elegir y nuestra singularidad.

En otro orden de cosas, podemos también encontrarnos con otro tipo de actitudes sociales que pueden representar lo que algunas destacadas figuras del mundo de la cultura  han pasado a considerar como: “el resultado de la generalización de un modelo de lo que debe ser la educación y del valor de la cultura que ha terminado por convertirse en el nuevo sentido común dominante” (Cruz, M., 2015, El País). En relación con esto, el filósofo Manuel Cruz describía en un artículo periodístico este tipo de actitudes de una forma muy  elocuente e ilustrativa. Decía Manuel Cruz (2015):

No me quedó otro remedio que enterarme porque lo proclamaba a voz en grito desde la mesa de al lado. La muchacha, que, a la vista de sus modales, su manera de hablar y su forma de vestir parecía pertenecer a una clase social acomodada, intentaba disuadir de su idea de llevar a cabo un crucero por los fiordos noruegos como viaje de novios a una de las amigas con las que compartía mesa. Ella, explicaba, ya había hecho tiempo atrás ese mismo crucero con su familia y había regresado decepcionada. El motivo de su decepción no podía ser más concluyente: “Visto uno, vistos todos”, sentenciaba a modo de resumen de su aburrida experiencia. La sentencia de la chica – sigue diciendo Manuel Cruz-  me recordó la de aquel fontanero que apareció un día por casa para arreglar un escape y que, al comentarle yo que le había llamado con urgencia porque estaba a punto de salir de viaje hacia Roma, me hizo saber que él no conocía la ciudad, pero que ello era debido a que, afirmó textualmente, “a mí Roma no me llama”.

En este contexto Manuel Cruz (2015) planteaba lo siguiente:

Supongo que he asociado las dos situaciones porque en ambas sus protagonistas se movían con análogo desparpajo, con una similar seguridad. Sin embargo, vale la pena constatar una importante diferencia entre ellos. El fontanero era, de manera manifiesta, un hombre de escasos estudios, mientras que mi vecina de mesa con toda probabilidad había cursado alguna carrera universitaria. Sin embargo, sus afirmaciones resultaban perfectamente intercambiables: “Los fiordos no me llaman”, podía haber dicho él: “¿ciudades con monumentos?” Vista una, vistas todas”, podía haber declarado ella. No deja de ser significativo (y preocupante) –concluye el filósofo-  que en nuestros días empiecen a parecerse tanto, a reaccionar de maneras tan intercambiables, personas con estudios superiores y personas que apenas han superado los niveles educativos más básicos.

Pienso que estos dos ejemplos “de la vida cotidiana” que Manuel Cruz nos trae a colocación nos pueden servir para introducirnos en el origen y las características de los funcionamientos fanáticos de la mente. De este modo, si nos paramos a pensar, podemos observar que en ambos ejemplos aparece lo que este filósofo considera como un fenómeno muy característico de nuestro tiempo, y este es: “que los ignorantes anden crecidos”. Siguiendo sus palabras, podemos comenzar a adentrarnos en las características del “fanatismo de la vida cotidiana”, siendo una de las principales la “arrogancia” que, precisamente, el psicoanalista W. Bion (1967) consideró como uno de los elementos que conformaban la “triada psicótica”. Parafraseando al poeta Antonio Machado podríamos decir que “el fanático desprecia cuanto ignora”. Sin embargo, la arrogancia no sólo se presenta unida a la ignorancia sino que, en muchos momentos, también puede desplegarse en aquellas situaciones en que una persona se sirve del lugar que ocupa frente a otros como garante de  “un supuesto saber”, o de un supuesto conocimiento sobre algo o sobre alguien, para ejercer un abuso de poder o colocarse en un lugar de superioridad y desprecio del otro. De esta forma, lo que en un primer momento podía corresponder al enriquecimiento de la persona a través  de la adquisición de  conocimientos, cuando estos son usados de modo arrogante  muestran, no sólo el ejercicio del sadismo y el intento de manipulación sobre el otro, sino también el fracaso de la inteligencia o la expresión de una “inteligencia fracasada” –  tal y como la definiría el filósofo José Antonio Marina (2004). Sin embargo, es importante que la arrogancia pueda ser diferenciada del legítimo orgullo que puede derivar de los logros que una persona ha ido adquiriendo a través de su pensamiento y de sus obras.

Junto con la arrogancia, podemos vislumbrar también, a través del ejemplo anterior, cómo entre los individuos de un grupo heterogéneo puede llegar a configurarse lo que Bion (1961) denominaba una “mentalidad grupal” que implica que el grupo pueda llegar a funcionar como una unidad, aunque sus miembros no se lo propongan ni se percaten de ello.  De hecho, la “mentalidad grupal” está constituida por la opinión o el deseo unánime del grupo en un momento dado,  siendo la contribución de cada uno de sus miembros inconsciente y anónima. Vinculado con esto la escritora y profesora de Ciencias Políticas, Marian Martínez-Bascuñán (2017), decía en un artículo periodístico en relación con los populismos:

Lo decía Kafka: la unidad no es unión, pues en ella no hay fluir hacia otra parte. Es el tenebroso riesgo del poder. Toda aspiración a la unidad elimina la diferencia.

Precisamente, Marian Martínez-Bascuñán comparte la autoría junto con el catedrático y politólogo Fernando Vallespín de un libro titulado “Populismos” sobre el que está considerado como “el fenómeno político más inquietante del momento”. En este libro los autores defienden que el populismo, que se concreta de muy diversas maneras es, más que una ideología, una manera de hacer política donde el intento de polarización entre los supuestos del pueblo puro frente a la  élite corrupta es esencial.

Como dice el psicoanalista Carlos Tabbia:

La batalla por la identidad suele surgir al considerar que el río, como en el pequeño pueblo pirenaico, tiene una sola orilla: la nuestra, la auténtica mientras que la otra orilla, la de los otros es extranjera, ignorándose que el puente puede unir mundos distintos, aunque no [lo sean] tanto.

Estas aseveraciones también  las podríamos poner en relación con otro de los fenómenos políticos especialmente inquietantes de la actualidad como son los nacionalismos radicales que, a su vez, considero que están estrechamente unidos a lo que ya Freud denominó en el año 1930  los narcisismos de las pequeñas diferencias.

Como decía Freud (1930, p. 39-40) en su obra  El malestar en la cultura:

<<En cierta ocasión me ocupé en el fenómeno de que las comunidades vecinas, y aún emparentadas, son precisamente las que más se combaten y desdeñan entre sí, como, por ejemplo, españoles y portugueses, alemanes del Norte y del Sur, ingleses y escoceses, etc. Denominé a este fenómeno narcisismo de las pequeñas diferencias, aunque tal término escasamente contribuye a explicarlo. Podemos considerarlo como un medio para satisfacer, cómoda y más o menos inofensivamente, las tendencias agresivas, facilitándose así la cohesión [que podríamos considerar como distinta de la unión] entre los miembros de la comunidad>>.

En este sentido, las características de estar en posesión de la verdad absoluta, que se vivencia al modo de una certeza, y el sentimiento de  superioridad pueden ser considerados también como algunos de los ingredientes simples del fanatismo, junto con la escisión y/o separación  radical entre los de casa, los del fanum, y los de fuera, considerados como  los pro-fanos. Es interesante señalar que el término latino fanum nombraba a los lugares sagrados. En este sentido  los pueblos  han ido organizando la geografía delimitando lugares sagrados (templos, cementerios), al mismo tiempo que otros lugares adquieren carácter no sacro o profano en donde se puede depositar todo lo no considerado honorable. Esta organización de los espacios también se puede observar en las conductas animales que conservan limpio el nido y evacuan los excrementos fuera del mismo. De esta forma desde un aspecto que podríamos describir como primitivo, irracional o animal, los seres humanos también podemos llegar a depositar en los de fuera de la comunidad todo lo rechazado de la propia y de lo propio, transformando a los otros, considerados como extranjeros ajenos a la comunidad, en objetos o seres devaluados e incluso aptos para ser desechados hasta tratar de eliminarlos como  antaño se trataba de hacer con los habitantes del otro lado del río. Desde un estado de arrogante superioridad narcisista se suele determinar quiénes son los enemigos de una comunidad, país, nación, etc, y partiendo de estas consideraciones, se los intenta combatir (Tabbia C., 2011).

Precisamente, esto es lo que ocurre también en los regímenes totalitarios que  necesitan imponer una catarsis al odio proponiendo-imponiendo un “enemigo ideal” al conjunto de la sociedad.  Esta necesidad de buscar un enemigo en el que proyectar los propios temores y la propia violencia  es la que con tanta belleza describe el poeta griego Constantino Kavafis en su poema: “Esperando a los bárbaros”. En este poema Kavafis nos describe cómo el Senado romano  se encuentra en un estado de profunda inacción y, al mismo tiempo, inmerso en todos los preparativos de rigor para recibir y deslumbrar a los bárbaros que se avecinan. Pero, de pronto, empieza a reinar el desconcierto  y la confusión entre el gentío y Kavafis concluye su poema con estos versos:

 

Algunos han venido de las fronteras

y contado que los bárbaros no existen.

¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?

Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.

 

Pero también podemos preguntarnos, con el filósofo Tzevetan Todorov (2016) en su libro Insumisos, si las barbaries de las historias son idénticas. A este respecto este pensador se responde que:

Todos los bárbaros no son idénticos. Lo que los distingue es que niegan la humanidad de los demás, a los que maltratan, odian y excluyen de la comunidad humana. Los nazis y los gobernantes de la Rusia comunista no eran lo mismo; tenían muchas diferencias. Pero los unía el odio al otro, al que no los obedecía. El sueño de dominar por las armas es un fracaso. – termina concluyendo.

Desde la perspectiva del fanático en el mundo no hay individuos ni personas singulares, sino sólo categorías y, por eso, para ellos la realidad está compuesta por clases, por conjuntos: negros, moros, arios, rumanos, ladrones, charnegos, ricos, etc. (Tabbia, 2011). De este modo, se parcializa a las personas tomando un único rasgo y haciendo de este una totalidad. Es decir, al confundir la parte con el todo es, metafóricamente hablando, como si el fanático confundiera la palabra revolver con revolver  y, al final, todo quedara revuelto y confundido. Y, desde este tipo de funcionamiento, también  las personas  acaban siendo pre-juzgadas y categorizadas en función de un solo rasgo que, además, es interpretado, desde la más pura superficialidad,  de un modo unilateral, parcial y reduccionista, de forma que las personas acaban siendo consideradas ejemplares de una clase.  Y desde esta actitud altamente fanática se puede llegar a reducir a una persona  incluso a un rasgo externo sobre el que se pueden colgar carteles basados en el color de la piel o en la entonación, etc, haciendo generalizaciones arbitrarias a partir de un solo rasgo o característica de una persona.

Pero, sin observar lo particular  y singular no se puede imaginar, que es uno de los males que aquejan al fanático. De este modo,  ante la falta de imaginación del fanático,  el escritor y pensador Amos Oz (2002) al que previamente mencioné, alberga «la esperanza — desde luego, muy limitada — de que inyectando algo de imaginación en algunos, tal vez los ayudemos a reducir al fanático que llevan dentro y a sentirse incómodos -dice. No es un remedio rápido, no es una cura rápida, pero puede ayudar». En este sentido, él cree «que una persona capaz de imaginar lo que sus ideas implican […] puede convertirse en un fanático a medias, lo que ya entraña una ligera mejoría»-piensa.

Partiendo de la perspectiva de Amos Oz, una manera de combatir el fanatismo  podría  ser favoreciendo el desarrollo de la imaginación y, añadiría yo, estimulando lo que el filósofo francés, Edgar Morin, ha denominado como pensamiento complejo. Este prestigioso filósofo ha planteado en relación con esto que:

A un pensamiento que aísla y separa hay que sustituirlo por un pensamiento que distinga y [a la vez] una. A un pensamiento disyuntivo y reductor hay que sustituirlo por un pensamiento de lo complejo, en el sentido originario del término “complexus”: lo que está tejido junto. (…) La comprensión siempre intersubjetiva necesita apertura y generosidad. (…) El principio dialógico permite asumir racionalmente la inseparabilidad de unas nociones que puedan ser contradictorias para concebir un mismo fenómeno. (…) El  pensamiento debe asumir dialógicamente –dice él- los dos términos que tienden a excluirse mutuamente. (…) Esto nos indica que un modo de pensar capaz de unir y solidarizar conocimientos separados es capaz de prolongarse en una ética de la interrelación y de la solidaridad entre humanos.

Desde esta perspectiva, es importante poder considerar diferentes vértices y puntos de vista para poder mirar los fenómenos desde diversas perspectivas, lo que implica también poder sobreponerse a la tendencia a la homegeneización. Precisamente esta tendencia suele ganar terreno cuando nos sometemos a la tiranía de las tendencias fanáticas, tendencias que pueden existir incluso en nuestros propios grupos, conduciéndonos a actuar como ovejas ciegas renunciando a nuestro propio pensamiento.

De este modo, como plantea el psicoanalista Carlos Tabbia (2011), uno de los antídotos contra el fanatismo consiste en observar la complejidad de la realidad, desde todos los ángulos de vista posible, y fomentar la curiosidad indagadora frente a la intrusiva. Porque, a diferencia de la curiosidad indagadora, la del fanático es invasora y posesiva, pues lo que  le interesa es contabilizar los pensamientos y poseerlos, sin importarle el invadir los espacios privados ajenos; lo que la convierte en  una curiosidad intrusiva y violenta .

Paralelamente, otros de los componentes del fanatismo de nuestro vivir común, que podemos observar en nuestra cotidianeidad junto con la curiosidad intrusiva, son: la estupidez, la falta de humanidad, la obstinación o terquedad extrema con que se defienden algunas ideas que, sacadas de contexto, son entronadas a la categoría de idea máxima o idea única; el pensamiento concreto, y la búsqueda de una situación aconflictual o sin-conflicto que trate de evitar el dolor que puede provocar la confrontación con la diferencia y el cambio.

Ya decía  Montaigne en sus Ensayos  que: “la rotundidad en las afirmaciones es una prueba segura de idiotez”, y celebraba el valor de aceptar la duda, los límites de lo que puede saberse de verdad y la decisión de dejar en suspenso el juicio cuando no se poseen pruebas fiables… “A ningún tirano -dice Montaigne- le han faltado nunca súbditos que lo obedezcan y lo adulen”.

Por este motivo, aunque el fundamentalismo tenga muchas voces, todas ellas remiten, en última instancia, a una única voz: la voz que encarna la arrogancia, la estupidez y el sentimiento de superioridad frente a los otros. De este modo, la idea máxima se erige en la IDEA por antonomasia, en la única idea verdadera que no sólo ensombrece, sino que aniquila al resto de las ideas, desligándose de ellas y rompiendo su unión y articulación con las mismas. Guiado por su pasión enceguecedora, el fanático saca las ideas de su contexto originario para entronarlas y deificarlas, haciendo un uso no sólo simplificado, empobrecedor y reduccionista de ellas, sino también un uso estúpido, al hiperconcretar sus enunciados. De hecho, lo que hace que los enunciados fanáticos resulten falsos y abusivos es el modo en que la persona que hace un uso fanático de los mismos los extrae de su contexto para someterlos a interpretaciones que preservan sus propias defensas. De  esta forma, el fanático, para paliar un sentimiento de impotencia nacido de  una fuerte vulnerabilidad y desolación interior, trata de enfrentarse  y defenderse de su propia impotencia con funcionamientos omnipotentes, que pueden ser llevados al extremo y derivar en el más absoluto de los terrores.

En relación con esto el psicoanalista Eric Fromm, especialmente interesado por los fenómenos sociales,  piensa que esta proyección de la propia impotencia,   se evidenciaba, muy claramente, en el desarrollo personal de Hitler. De él dice:

<<Hitler era [para muchos y para él mismo] el típico representante de la baja clase media, un don nadie sin ninguna perspectiva de futuro. De una manera muy intensa se sentía colocado en el papel de paria. A menudo, en Mein Kampf  habla de sí mismo como de un don nadie, recordando al hombre desconocido que había sido en su juventud. Pero aunque ello se debiera principalmente a su propia posición social, lo había racionalizado bajo la forma de símbolos nacionales. Nacido fuera del Reich, se sentía excluido de él, no tanto desde el punto de vista social como desde el punto de vista nacional, y de este modo el Gran Reich Alemán, al cual podrán volver todos sus hijos, se transformó para él en el símbolo del prestigio social y de la seguridad. (…) Su anhelo sádico de poder halla múltiples expresiones en Mein Kampf>>.

También E. Fromm piensa que J. Goebbels, ministro para la Propaganda de la Alemania nazi y mano derecha de Hitler, hace una descripción precisa de la dependencia de la persona sádica  con respecto a los objetos de su sadismo, y de los sentimientos de debilidad y vacío que surgen cuando no puede ejercer el poder de dominio sobre alguien, explicando de qué modo ese poder le proporciona nuevas fuerzas para ejercer el más completo dominio sobre otro individuo.  En uno de sus escritos Vom Kaiserhof zur Reichskanzlei llegó a decir J. Goebbels:

<<A veces uno se siente presa de una profunda depresión. Tan sólo se logra superarla cuando se está nuevamente frente a las masas. El pueblo es la fuente de nuestro poder>>.

Paralelamente, E. Fromm también cree que una descripción significativa de “aquella forma especial de poder, que los nazis llaman liderazgo, la hallamos en un escrito de Ley, el líder del Frente del Trabajo”.  Este escrito, al referirse a las cualidades requeridas en un dirigente nazi, y a los propósitos que persigue la educación para el mando afirmaba:

<<Les enseñaremos a estos hombres a cabalgar…a fin de que experimenten el sentimiento del dominio absoluto sobre un ser viviente>>.

De hecho, en la formulación que hace Hitler de los objetivos de la educación hallamos una similar exaltación del poder de dominio. Afirma en “Mein Kampf” que:

<<Toda educación y desarrollo del alumno debe dirigirse a proporcionarle la convicción de ser absolutamente superior a los demás>>.

Estos hechos y aseveraciones nos muestran el extremo de la “dialéctica diabólica de la omnipotencia-impotencia” (Felis, A.) que conduce al fanático a tratar de erigir en una categoría suprema, desde su omnipotencia y locura,  aquello que él considera   como sus únicas y máximas verdades, partiendo de una lógica binaria de superioridad-inferioridad, que le lleva a atacar y devaluar aquello o a aquel diferente a él, y que puede incluso ser para el fanático, en diversas situaciones, incluso  el más o lo más  envidiado por él.

 Desde una verdad eterna e inmutable, que trata de preservar a través del espacio y del tiempo, el funcionamiento fanático trata de congelar el tiempo olvidando que toda verdad es, sobre todo, la respuesta que un sujeto da y/o se da a sí mismo dentro de sus circunstancias vitales. “Yo soy yo y mis circunstancias” –nos recordaba Ortega y Gasset.

Desde una perspectiva diametralmente opuesta a la pluralidad de sentidos y puntos de vista, el funcionamiento fanático no puede aceptar lo diferente y lo diverso, y se mueve dentro de una lógica de la exclusión  observable en fenómenos sociales de todos los tiempos como: el colonialismo, los integrismos,  los nacionalismos, la xenofobia y el androcentrismo, que ha llevado a la discriminación de la mujer.

Me parece interesante volver a incidir en los rasgos de extrema vulnerabilidad que caracterizan a las personalidades  fanáticas y, en especial, a los grandes líderes fanáticos, vulnerabilidad que, como sabemos, los fanáticos tratan de paliar con defensas de extrema omnipotencia. Ya desde tiempos inmemoriales el sabio refranero español nos alertaba de esto  con el conocido refrán: “Dime de que presumes y te diré de lo que careces”.

En su trabajo La militancia sectaria como un estado de dependencia los psiquiatras Pedro Cubero, Juan Francisco Artaloytia y Josep Maria Jansà  (2006) realizan, entre otras cosas, una descripción del maoísmo y de la infancia de Mao, cuya madre se suicidó al no poder soportar las crueldades de su marido en la alberca de la finca donde vivía.

El pequeño Mao Zedong, de doce años de edad, pasó allí muchas horas con los ojos perdidos en las aguas turbias. Algún tiempo después intentó suicidarse en la misma alberca…Toda la infancia de Mao Zedong había transcurrido –nos dicen estos psiquiatras- entre anhelos de parricidio y deseos de suicidarse como su madre…Mao abría abrazado la fe marxista-leninista a principios de la década de los veinte, transformándose en un activista incansable con una convicción absoluta en el nuevo credo y en la utopía que este prometía. De espíritu poco tolerante, llegó a concebir toda ideología o militancia distintas a la suya como una patología burguesa, una enfermedad que impedía el desarrollo de la verdadera personalidad de los individuos y la implantación de la nueva utopía social, y que por tanto debía ser curada.

Precisamente, en relación con este  movimiento del maoísmo  que giraba en torno a su líder Mao Zedong, me pareció interesante que  la escritora y periodista Ana Puértolas (2016) lo evocara en su novela El Grupo. 1964-1974. En esta novela evoca  la lucha antifranquista desde las filas del comunismo maoísta en España y hace una reflexión crítica de la ciega filiación del grupo a esta ideología diciendo:

 Fuimos sectarios, extremistas, erráticos, pero fueron más errores de pensamiento que de obra…En nuestro mundo no se permitía la duda, era inconcebible. Eran ideologías pensadas para la acción.

Eugenio del Río, un importante estudioso de esa época, en la que participó como militante, firma un epitafio que recoge Ana Puértolas en uno de los documentos que adjunta a su novela:

Estábamos ciegos con Lenin, ciegos con Mao. Era una masa acrítica, indeseable e ignorante.

Creo que estas palabras suyas ilustran claramente las características del funcionamiento fanático que se mueve en una  lógica de certezas y absolutos propia del no-pensamiento: una  lógica binaria del todo o la nada que busca la pureza en su realización.

Una paciente,  mujer de mediana edad, me describía de una forma muy viva un estado  psíquico semejante a un estado mental invadido por un núcleo  fanático:

Es que, de nuevo, me veo moviéndome en absolutos: entre el todo y la nada. Es como si el punto de equilibrio me pareciera mediocre y, antes de llegar a un punto intermedio, prefiriera los extremos. Es como un estado   por el que  tratara de ser todopoderosa. Porque…si no lo tengo todo, es como si prefiriera no tener nada, y como que me costara que las cosas no fueran blancas o negras: lo que no es puro. Como que me costara aceptar ese punto intermedio en las cosas: esa síntesis de los opuestos.

Desde esta perspectiva, el fanatismo, naciendo de una lógica de poder y exclusión,  impone una muralla al pensamiento defendiéndolo fervientemente contra la pluralidad de sentidos y significados inherentes a  la razón  -razón que es vital en su esencia, como nos enseñó J. Ortega y Gasset (1969)-  e inherentes a la propia vida. El fanático aniquila el problema volviendo dilemático lo problemático, y despojando el misterio de la mente.  Sin poder aceptar la frustración, y sin poder tolerar la incertidumbre, erige una idea única que no puede convivir con otras, al mismo tiempo que confunde la parte con el todo. “O se está con él o se está contra él” -puede llegar a sentir el fanático.

Recordaba a este respecto, y de forma anecdótica, la respuesta de un paciente  a un familiar tras haberse sentido muy agraviado por otro familiar con el que llevaba todo un tiempo sin hablarse. Mi paciente me contaba que, recientemente, había mantenido una conversación con uno de sus hermanos que se había mostrado muy solidario y comprensivo frente al agravio que le había ocasionado este familiar. Sin embargo, mi paciente acudió a una de sus sesiones inundado por un fuerte sentimiento de rabia al enterarse de  que su hermano, que tan comprensivo se había mostrado hacia él, había decidido asistir a una fiesta que organizaba el familiar que le había agraviado. “No es posible que mi hermano sea capaz de asistir a esa fiesta, si me apoyara realmente, no debería presentarse ahí”- exclamaba.

El fanatismo es siempre exceso de  presencia y odia: la ausencia, la duda, el cambio y la experiencia emocional  como  motores del pensamiento. De este modo, el fundamentalista pervierte la búsqueda de la verdad como brújula del pensamiento en la medida en que olvida que la verdad no es un fin, sino una dirección. Ignora, en su empecinada afirmación,  que no existe una única verdad, sino diversas verdades singulares que son fruto del profundo proceso que todo auténtico conocimiento de uno mismo, de los otros y del mundo comporta. Si, como señalaba Kandinsky haciendo referencia a la pintura: “una mancha es un punto expandido”; el pensamiento fanático es puntual y unívoco y se expande con facilidad.

Recuerdo que en una de sus sugerentes y agudas viñetas, el humorista Forges daba una definición del fanatismo, siendo precisamente el humor aquello de lo que carece el fanático- como también ha apuntado Amos Oz. En esta viñeta un hombre paseaba por el parque de una ciudad acompañado de su perro mientras pensaba: “El fanático es un hombre que se ha convertido en un robot inhumano porque la intolerancia le ha robado la compasión”. Paralelamente, el perro también se decía para sí: “Tiene toda la razón, y eso que es mi amo”

Siguiendo las conclusiones a las que arriban los psicoanalistas  Darío Sor y María Rosa Senet (1992), dos psicoanalistas que han investigado este tema en profundidad, podemos vislumbrar – tal y como también nos pone Forges de relieve a través de su viñeta humorística- que las zonas de la mente donde anida el fanatismo se caracterizan por poseer los caracteres de la asimetría y la degeneración. En este contexto, se entendería por “degeneración” el deterioro de la capacidad para el contacto humano, dando cuenta este fenómeno de un área de la mente donde se presenta una especie de avería o corrosión de la capacidad para comunicarse emocionalmente con el otro. Conjuntamente, la “asimetría” se referiría a áreas donde se sostienen enunciados de superioridad arrogante sin responsabilidad por el otro y destruyendo la cualidad del par. Precisamente, en las personas con funcionamientos fanáticos existe un fracaso en formar entramados simbólicos y redes de tolerancia. De este modo, los  vacíos que se forman en la mente son reemplazados por la certeza de la idea máxima. En este sentido, podemos pensar que una pedagogía que esté basada en el mantenimiento de fuertes zonas de asimetría puede conducir  también al establecimiento de zonas fanáticas.

En este contexto, me viene a la mente el caso de un paciente de otra nacionalidad al que estuve tratando durante su tiempo de permanencia en España. Recuerdo que este paciente vino un día indignado a la consulta a consecuencia de que su hijo había regresado llorando a casa  por haber sido reprendido en la clase por su maestro. Mi paciente comentó que el motivo de la aflicción del niño tenía que ver con el hecho de que a este se le había ocurrido  expresar en clase que él pensaba que  el problema de matemáticas que enseñaba el profesor podía ser resuelto también de una forma diferente y que, tras hacerlo, el maestro, supuestamente, le dijo que: “no se podía consentir que se otorgara el derecho a cuestionar su autoridad queriendo aportar otra forma diferente de resolver el problema”, algo a lo que, por otra parte, este niño estaba no sólo acostumbrado en el anterior colegio de su país de origen sino que, esta actitud  era algo altamente estimulado y favorecido en su entorno educativo anterior. Mi paciente, por otro lado, muy versado entre otras cosas en materia educativa, había decidido, a consecuencia de este incidente, entrevistarse con el director de este colegio para expresarle su preocupación ante lo que él consideraba –en sus propias palabras-: como una “gran muestra de intento de sometimiento a una autoridad”.

Sin embargo, como en un Jano de dos caras, nos podemos encontrar también con una situación que  puede crear unos efectos bastante parecidos a los originados por el exceso de autoritarismo,  lo que es muy diferente de la verdadera autoridad, y esta situación es  la del caos por carencia de límites o continente. Si bien, en este último caso, el problema es de una naturaleza esencialmente diferente y se parece más a los fenómenos o funcionamientos psicóticos, resulta también sumamente peligroso porque la carencia de sostén y continente crea un vacío y, precisamente, “de los vacíos suele nacer el fanatismo” (Sor, 1992).

En este sentido, me parece interesante hacer alusión a otro importante  fenómeno social que está siendo revisado en la actualidad por diversos  intelectuales con motivo de su 50 aniversario y que es Mayo del 68. Recordemos que entre sus lemas se encontraba el conocido “Prohibido prohibir”, lo que condujo también a derivas confusionales que  tuvieron graves consecuencias. En este sentido, me parecen valiosas las declaraciones del filósofo y sociólogo Jean-Pierre Le Goff (2018) que se definió como maoísta hasta bien entrados los setenta, pero que terminó desarrollando un pensamiento crítico respecto al movimiento del que formó parte estando en las barricadas de Caen, la ciudad normanda donde estudiaba:

Mayo del 68 tuvo un problema de hybris –declara-, de desmesura. Esas reivindicaciones se convirtieron, pasada la revuelta, en valores absolutos. La exigencia de autonomía de la sociedad respecto al Estado y del individuo respecto al grupo, que eran legítimas, se transformó en una desconfianza sistemática respecto a la delegación de poder, fundamento de la democracia representativa, en una sospecha permanente  ante cualquier forma de jeraraquía y autoridad…Es verdad que la capacidad de autocrítica es un factor decisivo en la democracia moderna. Pero Mayo del 68 pidió otra cosa: una sociedad sin reglas…Se atacó un ethos común previo que no era perfecto y que merecía ser revisado, pero se arrasó con todo y no se construyó nada en su lugar. Las generaciones posteriores han crecido sobre un campo de ruinas –concluye.

Y, tomando en cuenta estas declaraciones, sería importante poder estar alerta al hecho de que, precisamente, sobre las ruinas y el vacío crecen y se expanden los fanatismos. De este modo, el fanatismo puede también erigirse como una defensa frente a una situación de vacío y de confusión. En relación con esto, Fernando Savater nos recordaba, en su reciente artículo, El 68 visto a los 70, la fórmula de Friedrich Schiller en sus Cartas sobre la educación estética de la humanidad: <<La fórmula victoriosa se halla a la misma distancia de la uniformidad que de la confusión>> y  <<el hombre solo juega cuando es humano en la acepción plena del término, y solo es plenamente humano cuando juega>>.

De hecho, el funcionamiento fanático lo podemos incluso vislumbrar originariamente en el juego de los niños porque, en este último caso, el niño cuya mente se encuentra invadida por el fanatismo no despliega un auténtico juego, sino un pseudojuego donde lo más importante para él tiene que ver con el hecho de llegar a alcanzar el poder, el triunfo o  con el ganar una competición a costa de su adversario. Podríamos decir que, en estos casos, el niño no puede jugar en el sentido más genuino y profundo del término, en la medida en que desaparece la cualidad del como si, propia del juego, para adquirir una propiedad de realidad tal que conduce al niño a establecer lo que se conoce como una ecuación simbólica (Segal, A., 1957), que significa  confundir el símbolo con lo simbolizado, desarrollando un pensamiento concreto.  Podríamos poner como ejemplos extremos de  lo que sería un pensamiento concreto en ecuación simbólica los trágicos casos de niños que hemos llegado a conocer por los diarios que, creyéndose superhéroes, se llegaron a tirar desde lo alto.

Y además de no poder jugar y, por tanto, crear, pues el juego está en la base de la capacidad creativa del ser humano, el fanático no puede tener verdaderos ideales, pues el ideal conlleva una distancia que separa el futuro del presente que el fanático es incapaz de mantener. Como ha postulado la psicoanalista Teresa Olmos (1996): <<El ideal del yo se genera de un no ser y aspirar a tener, lo cual implica una separación entre el yo y el ideal>>. Desde esta perspectiva, el fanático no puede acabar de construir ideales porque vive preso de una idealización de sí mismo y de sus propias ideas: si se cree un genio y  su ideología  representa la realización de un paraíso en la tierra, no le es posible construir un verdadero ideal en la medida en que la construcción del ideal requiere también de la aceptación de la falta y de las limitaciones personales, así como de la renuncia a la búsqueda de perfección y de una satisfacción absoluta y completa.

En este sentido, Fernando Savater también decía en su artículo “El 68 visto a los 70”:

Para quienes adquirimos nuestra conciencia política individualista, hedonista y lúdica (también ingenua) en aquellos días, la mejor noticia fue que se podía ser progresista sin carnet del partido comunista o similaresPor cierto, -sigue diciendo- algunos tratan de ridiculizar el progresismo diciendo que busca el paraíso en la tierra. Eso sí que es una ridiculez: el progresista sabe que nacemos rodeados de males y que moriremos rodeados de males también, pero aspira a que los males del final no sean los mismos o peores que los del principio. –postula F. Savater.

De acuerdo a todo lo investigado por  los psicoanalistas Darío Sor y María Rosa Senet (1992) en relación con el fenómeno del fanatismo, ambos concluyen que este es un fenómeno susceptible de ser despertado en cualquier individuo, que se encuentra más allá de la psicosis, pudiendo tener incluso consecuencias mucho más graves sobre el individuo y la sociedad que las psicosis mismas ( en la medida en que se propaga con facilidad), y  un fenómeno totalmente inconsciente tanto para su portador como para su receptor. De hecho, los psicoanalistas contemplamos a través de nuestra experiencia clínica diversos reductos de ideas petrificadas que pueden funcionar en el nivel de la creencia y del entendimiento como ideas máximas, algunas de ellas con carácter imperativo y otras con rasgos de réplicas clonadas del pensamiento de otros,  ideas que nunca pudieron ser pensadas y, por tanto,  elaboradas. Por este motivo, nos podemos encontrar con sorprendentes e impactantes afirmaciones que no parecen guardar relación alguna con la persona que está hablando. En este orden de cosas, podríamos incluso considerar diversos cuadros clínicos como: la bulimia, la anorexia, y las adicciones en general, como presentando el mismo cuadro de idea máxima referida a la ingesta. De hecho, cualquier objeto puede ser usado como idea máxima como, por ejemplo, el dinero, que en tanto esté desprendido y aislado de un concepto de retribución también puede ser altamente susceptible de un uso fanático. De la misma forma, cuando el fanatismo se aloja en el pensamiento científico también lo dogmatiza. Y continuando con este recorrido, también nos encontraríamos con la exaltación de los líderes y clubes deportivos, así como con  los prejuicios que, a su vez,  también estarían emparentados con el fanatismo  en la medida en que  impiden hacer juicios basados en el propio entendimiento y experiencia personal.

Y de  entre las manifestaciones de prejuicios que impregnan nuestra cotidianeidad se encuentran las de aquellos prejuicios en los que se destacan los rasgos de tiranía y violencia que trata de ejercer el fanático sobre su entorno, hasta el punto de que estos pueden llegar a ser ejercidos de un modo tanto visible como invisible, e incluso pusilánime. En este sentido Javier Marías escribió un artículo periodístico que él mismo tituló “La tiranía de los pusilánimesen el que precisamente comenta a este respecto:

Nos vamos deslizando insensiblemente, al menos en ciertos ámbitos, a lo que podría llamarse “tiranía de los pusilánimes”…Lo que anuncia es algo que conocemos bien en el pasado: la piel demasiado fina como pretexto para eliminar lo que no nos gusta; la persecución del pensamiento que contradice nuestras creencias; la prohibición de lo que nos inquieta o fastidia; la imposición del silencio. De manera un tanto simple, sin duda, eso se viene resumiendo en una o dos o tres palabras: fanatismo, totalitarismo, fascismo. Elijan o busquen otra, da lo mismo.

Pero a esta tendencia también cabría añadir la de la mezquindad que, desgraciadamente, junto con la envidia, está considerada como uno de los males endémicos de nuestra sociedad, características ambas que también caracterizan a la mente fanática o a los aspectos fanáticos de la mente.  En relación con esto el propio Javier Marías también le dedicó un artículo titulado “La mezquindad que no falte”  en el que aseveraba:

Una de las características más dañinas de nuestro tiempo y de nuestro país es la resistencia a aplaudir y admirar nada. Sobre todo entre las nuevas generaciones, está tan extendida la idea de que todo debe ser puesto a caldo, que no hay logro ni acción noble que no despierte furibundas diatribas. Si alguien es generoso o se comporta ejemplarmente, en seguida se dice que es “postureo”. Si un maganate como Bill Gates (u otros filántropos) entrega una inmensa porción de su fortuna para combatir enfermedades o paliar el hambre, casi nadie se lo agradece, y las reacciones oscilan entre frases del tipo: “Con el dinero que tiene eso carece de mérito (olvidando que podría no haberse desprendido de un céntimo y nadie se lo habría reprochado), y del tipo: “Eso lo hace para mejorar su imagen, así que de altruismo nada es una inversión como otra cualquiera. Y, desde luego, lo que jamás existe es la unanimidad ante una buena reacción”…la mezquindad de nuestro tiempo y de nuestro país, incapaz de aplaudir, agradecer y admirar sin reservas…

Melanie Klein ha sido la psicoanalista por antonomasia que más ha profundizado sobre el tema de la envidia. Ella sostenía que, mientras los celos pueden ser considerados nobles o innobles, la envidia siempre es innoble. También ella afinó en su diferenciación con la voracidad, cuyo fin consiste en apoderarse de todas las riquezas del objeto de deseo, más allá de la necesidad propia o de las capacidades o voluntad del mismo. Sin embargo, el daño que produce la voracidad es accidental, mientras que la envidia posee como fin directo el de deteriorar los atributos del otro. Pero, al mismo tiempo, ese deterioro del objeto de deseo o de la persona envidiada también presenta un aspecto defensivo, porque si las características envidiables son destruidas ya no se produce el sentimiento de envidia (Segal, 1982), que es lo que suele intentar hacer el fanático  a través de sus actitudes destructivas.

Por otra parte, como ilustración del modo en que una idea máxima o una idea única puede llegar a colonizar el pensamiento transformándose  en una leyenda única podemos pensar en el cuento del escritor argentino Julio Cortázar: “La casa tomada”. Desde el comienzo, Cortázar (1951) nos cuenta cómo una pareja de hermanos deciden irse vivir juntos a una antigua y espaciosa casa familiar de estilo colonial. En este contexto, nos dice el narrador:

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. (…) Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa.

En este contexto, la casa comienza a ser “tomada” por unos intrusos y/o presencias fantasmales que conducen a estos dos hermanos a reducir su vida a una sola habitación de la casa: la habitación de Irene.

Pienso que este relato nos permite establecer una analogía  entre la representación de la “casa tomada” por los fantasmas ancestrales descrita por Cortázar y el espacio mental “tomado por la idea máxima o la idea única” que conduce a que en la mente solo se pueda vivir en un solo y único espacio habitado por la idea propia del funcionamiento fanático. Conjuntamente, el relato de Cortázar también nos permite vislumbrar a través del “silencioso matrimonio de hermanos” que describe el autor, la presencia del fantasma incestuoso que planea e invade el funcionamiento fanático que,  aferrándose a la endogamia, huye despavorido de la exogamia que toda idea nueva y diferente trae consigo.

Precisamente, en lo referente a su origen, los psicoanalistas Darío Sor y María Rosa Senet (1992) piensan que, más allá de posibles bases constitucionales que puedan existir en un sujeto, el fanatismo se transmite esencialmente en el vínculo intersubjetivo, de persona a persona, estando los niños   particularmente predispuestos, por su vulnerabilidad y extrema dependencia, a la exposición reiterada de enunciados fanáticos. De hecho, incluso llegan a plantear que algunos funcionamientos fanáticos pueden comenzar a ser transmitidos por la madre a su bebé en el propio útero materno. Paralelamente, también recuerdan que la participación en las experiencias emocionales de los grupos humanos es una condición facilitadora del contagio fanático por el peculiar fenómeno del borramiento del pensamiento individual y crítico que pueden llegar a presentar, fenómeno tan conocido y estudiado por los expertos en grupos. Conjuntamente, en los grupos, la masa suele hallarse en un estado de asimetría con respecto al líder que propicia el desarrollo fanático, y especialmente, si las personas se encuentran particularmente receptivas y permeables a desarrollar este tipo de idolatría y/o idealización del líder que les  lleva a sentirse fascinados, alienados e  incluso hipnotizados por él, como ha ocurrido en todos los regímenes totalitarios.

El extremo de este tipo de situación ha sido magistralmente descrito por G. Orwell en su famosa novela “1984” que dio origen al popular concepto de “Gran Hermano” encarnado en los reality shows y que tan bien refleja  la conocida película “El show de Truman”. En la novela de Orwell el “Big Brother” es el gran líder a la sombra, la persona omnipresente que trata de controlar todo a través de pantallas colocadas estratégicamente en cada esquina del mundo, así como en cada calle y en cada casa. En la novela de Orwell el “Gran Hermano” no representaría tanto a una persona sino al reflejo de un invisible partido que ostenta el poder policíaco y que obliga a los individuos a seguir unas pautas de pensamiento. De esta forma, todos los habitantes son parte de “Gran Hermano” y todo el mundo puede denunciar a sus vecinos de “crimen mental”: que es la forma en que se denomina el delito por mostrar o dejar ver las emociones y los sentimientos humanos. Consecuentemente, si alguien es denunciado de “crimen mental” puede ser desterrado y apartado de la sociedad. De hecho, el propio protagonista acaba siendo torturado, procedimiento que recuerda a las infames delaciones de los regímenes totalitarios.

En este contexto, lo que nos muestra la novela de Orwell es que, dado que el terror es ante todo una amenaza que concierne al pensamiento y, sobre todo, a lo que una persona podría pensar en relación con su modo de concebir el “terror” o representárselo, el sueño del poder sería desposeer al sujeto de todas las posibilidades de pensar o de conocer  la propia palabra “terror”, de forma que incluso se le torne imposible concebir ese concepto, aun cuando solo fuera en el sueño o en la fantasía. De este modo, el sujeto puede llegar a creer engañado por el poder y/o todos aquellos que lo detentan, que  vive o puede vivir en el mejor y más feliz de los mundos a pesar de que este se encuentre, visible o invisiblemente  construido, como en la novela de Orwell, a partir del más siniestro de los terrores. Algo de esto es lo que, trágicamente, ha sucedido y sucede a muchos habitantes de regímenes totalitarios que viven alienados en las ideologías y creencias de sus líderes,  negando lo siniestro de su realidad al estar fascinados e hipnotizados por ellos.

Ahora bien,  como sabemos, el estado de alienación supone la ignorancia total de parte del que la sufre, tal y como Orwell nos lo describe en su novela,  pues lo que busca una persona alienándose a través de otra es la preservación de un estado no conflictivo que es, precisamente, aquel al que apunta  la alienación porque, cuando uno está mimetizado y/o alienado con otro, no sufre ni siente nigún tipo del conflicto, en la medida en que todo aquello que proviene del otro le parece bien. Sin embargo, la preservación de un estado así sólo es posible a través de una proyección en el exterior de las críticas que podríamos formularnos a nosotros mismos y a nuestros poderes alienantes, pero el acallar la voz de  la legítima crítica y autocrítica también conlleva graves riesgos. De esta forma, para preservar el estado de alienación,  Orwell nos muestra cómo los regímenes totalitarios necesitan imponer una catarsis al odio proponiendo-imponiendo un “enemigo ideal” al conjunto de la sociedad, lo que tan espléndidamente nos mostraba también el poema de Kavafis al que aludí anteriormente: Esperando a los bárbaros.

Quisiera ahora también hacer referencia a las contribuciones de la psicoanalista francesa Piera Aulagnier (1979) en relación con el tema que hoy nos ocupa y, especialmente, a sus desarrollos en todo lo referente  al estado de alienación y al estado pasional que considero dos estados mentales estrechamente emparentados con  “el fanatismo de la vida cotidiana”.

Para Piera Aulagnier (1979) existen tres destinos que la búsqueda de placer puede imponer a nuestro pensamiento y a nuestros vínculos, estos son: la alienación, el amor y la pasión.

Para esta psicoanalista la pasión que se experimenta en las relaciones que podemos calificar como “pasionales” no implica un cambio cuantitativo en relación con el amor, sino un cambio cualitativo, es decir, algo esencialmente diferente del amor.  De este tipo de relaciones que son caldo de cultivo para el fanatismo, y que impregnan nuestra cotidianeidad en mayor o menor medida, también está recorrida la literatura universal. De esta forma, las podemos encontrar a lo largo de toda la tragedia griega,  en los grandes dramas de Shakespeare o  en las grandes novelas románticas como: “Madame Bovary”, “Ana Karenina”, “Rojo y Negro, y en un largo etcétera que podemos extender hasta la actualidad. En los últimos tiempos también tuve la ocasión de profundizar en la tragedia que, a este respecto, atraviesa el mito de Don Juan y sus distintas versiones artísticas y literarias, a raíz de que fui invitada por el Instituto Cervantes a dar una conferencia sobre este mito, con motivo de la celebración del bicentenario de Zorrilla, y en relación a la que deseaba traeros algunas conclusiones en relación con el tema del fanatismo ligado a la pasión amorosa.

En aquella conferencia planteaba la diferencia entre la relación amorosa, que alimenta y atraviesa una relación de pareja, con la relación pasional impregnada de aspectos fanáticos propia de los enamoramientos ciegos y pasionales.

Desde esta perspectiva, mientras que la relación amorosa, en el seno de una relación de pareja, está basada en la simetría, la reciprocidad y la interdependencia entre las dos personas que la componen, siendo cada uno de sus miembros un objeto privilegiado de amor y placer para el otro; en la relación pasional el objeto de placer o la persona con la que otra se relaciona pasa a transformarse en una fuente exclusiva de interés y placer y en un objeto de necesidad. Para la psicoanalista Piera Aulagnier, entonces, la relación pasional es un tipo de relación en la cual el otro o lo otro se ha convertido para la propia persona en la fuente exclusiva de todo placer y en algo enteramente necesario. En este sentido, una relación pasional entre dos personas se puede asemejar al vínculo que un sujeto mantiene con una droga. De hecho, Piera Aulagnier (1979)  en su libro Los destinos del placer diferencia tres prototipos de relaciones pasionales: la relación del toxicómano con la droga, la relación que vincula al jugador con el juego, tal y como nos lo describe Dostoyevski en su magistral novela El jugador , y la relación de una persona con  otra, o sea, la llamada pasión amorosa. Quisiera aclarar que la definición  que Piera Aulagnier otorga al término pasión excluye la relación pasional compartida o recíproca propia de la relación amorosa.  De esta forma,  Piera Aulagnier se aleja de la manera en que otros psicoanalistas como Wilfred Bion, por ejemplo, han conceptualizado la pasión, siendo para Bion (1963) la pasión: <<una experiencia emocional intensa, sin ninguna sugerencia de violencia>>. Sin embargo, pienso que este tipo de experiencia   a la que se refiere Bion para describir la pasión podríamos incluirla dentro de lo que Piera Aulagnier  describe como relación amorosa.  En este orden de cosas, si en la relación amorosa el otro es un objeto privilegiado -aunque no exclusivo- de placer, en la relación pasional el objeto de la pasión se erige como: único, exclusivo, indispensable y absoluto: uno es todo para el otro y, de este modo, es a la vez un objeto susceptible de producir un gran sufrimiento. El otro o lo otro (el juego o la droga, según el caso) pueden llegar a representar y ser todo para el sujeto que está preso de  este tipo de pasión, hasta el punto de perder el interés por todo aquello que no sea objeto de su pasión enceguecedora.

Paralelamente, Piera Aulagnier también se ocupa especialmente  de una variante de la relación pasional: la alienación. La alienación, como veíamos antes en lo relativo a situaciones políticas de estados totalitarios, supone la tendencia a abolir toda causa de conflicto para someterse, de este modo, al deseo de un otro hasta el punto de que la persona alienada, sin siquiera percatarse, está plenamente identificada con el discurso de ese otro, de forma tal que  ve la realidad únicamente con sus ojos . De esta forma, la persona alienada pierde su libertad en la medida en que no  pone en duda y cuestiona el pensamiento del otro y, de ese modo, tampoco  entra nunca en conflicto con el pensamiento de aquel con quien se aliena.

Por este motivo, es esencial para la propia estructuración psíquica del niño, a partir de un momento de su evolución, que las figuras parentales  puedan reconocerle la necesidad de tener un pensamiento propio como un  derecho fundamental para su desarrollo como sujeto pensante e individual. A lo largo del desarrollo del ser humano el propio yo idealizado: <<su majestad el bebé>> -como lo denominaba Freud (1914)-  o su majestad Don Juan –como se sienten muchos adolescentes- no sólo tiene que caer sino que, junto a él, también se necesita desidealizar el tiempo infantil y destronar a  los propios padres idealizados de la infancia o a sus representantes posteriores. Si esto no se produce, esas figuras parentales de la infancia siguen detentando todo el poder omnímodo que el niño les atribuía en su fantasía, o son reemplazadas o sustituidas por otras que las encarnan, como pueden ser los líderes de un grupo fanático, transformándose, de este modo, en ídolos u objetos idolatrados. De esta forma, una persona puede llegar a mantener una relación sumamente regresiva en las referencias a las que apela en sus juicios de verdad. Por ejemplo, pensar que algo es cierto sólo por el hecho de que lo dice la persona amada o idealizada es un retorno a una forma de juicio que tendría que ser superada. Pero bajar del pedestal en que el niño colocó a sus figuras parentales, y que luego pueden ser sustituidas por figuras y/o líderes fanáticos o por el propio objeto amoroso idealizado, implica dejar de ser la historia que el otro cuenta en su lugar, dejar de desear lo que el otro desea que él desee, y dejar de elegir exclusivamente  aquellas elecciones que se le sugieren o se le imponen. <<Haz tuyo lo que heredas>> -nos exhortará Goethe. Es decir, toda genuina identificación y elección personal requiere de una reflexión, apropiación personal y de una metabolización de todo aquello que es propuesto o procede  del otro.

¿Qué ocurre entonces cuando la pasión y alienación se dan la mano? ¿No podemos pensar que este fenómeno es el que ocurre en todo enamoramiento cuando la persona, como las mujeres presas en las redes de Don Juan, sucumbe hipnotizada  y acaba siendo cautivada por el ser todopoderoso que representa para ella el objeto de su pasión?

Como dije anteriormente, la alienación no sólo sucede en situaciones sociales extremas, sino que el propio sujeto puede tender, por razones subjetivas y por un profundo anhelo de alienación,  a alienar su pensamiento, de la misma forma que hay personas especializadas en inducir este tipo de estado mental en otros: desde el líder carismático o seductor, el amante impermeable e indiferente al sufrimiento que despierta en su objeto de pasión que le detenta un apego incondicional, hasta  la madre que es incapaz de permitir a su hijo que la destrone del lugar de portavoz exclusivo de los criterios de verdad, valor y realidad.

Como también señalaba previamente, el hecho de que una persona aliene su pensamiento en el que otro defiende y/o impone supone, ante todo, desinvestir y/o abandonar el propio proyecto personal y los propios ideales en provecho de una idealización masiva de un proyecto ya realizado por otro. De esta forma, tanto  en el deseo de alienar como en el de autoalienación se trata de intentar excluir toda causa de duda, así como todo motivo de conflicto y  de sufrimiento. Como señala Piera Aulagnier (1979):

La alienación al pensamiento y al deseo de otro supone un renunciamiento definitivo a gozar de todo pensamiento y de todo placer que demostrarían esa parte de autonomía y de libertad que el yo necesita para reconocerse pensante y deseante, y no simple eco del pensamiento o simple testigo del placer de otro.

Por este motivo, la posibilidad de poner en duda y cuestionar el pensamiento del otro y de  entrar en conflicto con el pensamiento de ese otro, sin que por ello haya que temer la muerte de uno de los dos pensamientos, es una condición necesaria para la actividad psíquica.

De esta forma,  una paciente adolescente que consideraba a su familia como  “una familia muy superficial y permanentemente  preocupada por la imagen social”, sentía que se le hacía sumamente difícil dejar de estar permanentemente pendiente de todo aquello que ella creía que sus padres (así como el resto de su familia extensa) deseaban o esperaban de ella temiendo que, si no realizaba lo que ella suponía que eran sus deseos, llegara no sólo a perder su amor sino a ser colocada en el lugar de “la tonta”, “la loca” o “la hija indigna y despreciada” dentro de su entorno familiar y su medio social.

Sin embargo, también nos podemos encontrar con que la alienación no sólo se da en una posición de sumisión, sino que también puede darse en un estado de rebeldía a través de lo que se denomina “contraidentificación”, que implica la imposibilidad de tener un posicionamiento propio desde la libertad e independencia, en la medida en que de lo que se trataría aquí es de “ir y/o posicionarse a la contra de otro” en el fracasado intento de ser uno mismo. Esto es lo que les ocurre, por ejemplo, a muchos adolescentes y a todos aquellos adultos en que en que este tipo de estado mental adolescente se convierte en un estado crónico y duradero.

En relación con este último caso me viene a la mente una adolescente con un trastorno de la alimentación que mantenía una difícil y conflictiva relación con su madre a la que describía como muy controladora, invasiva y manipuladora, y de la que también decía que siempre estaba obsesionada por la comida. “A veces, incluso cuando me veía triste me decía: come, come, que te hará bien”. Esta chica, por un lado, se sometía a los supuestos deseos de su madre, a la que idealizaba y, en diversas ocasiones, podía llegar a comer desaforadamente repitiendo, de este modo, la obsesión de su madre por la comida, a la vez que este síntoma también representaba en su caso la manera de quedarse pegada a ella a través de esta dañina identificación. Sin embargo, había un aspecto de ella misma que se rebelaba contra esto y, entonces, al modo de una defensa fracasada frente a su propia tendencia al sometimiento, que le llevaba a sentirse pegada y fagocitada por una figura materna, se producía a sí misma vómitos que la llevaban a vomitar la comida y a quedarse atrapada en un círculo infernal de voraces ingestas e intermitentes vómitos autoprovocados. Y casualmente vimos cómo los vómitos autoproducidos eran también su forma patológica de tratar de expulsar y deshacerse de esa especie de figura interna que ella sentía de mamá tiránica obsesionada con la comida, más allá de cuales fueran las características de su madre real. “Es que cuando vomito es como si sintiera que me quito de encima a mi madre”-llegaba a decir.

Como diría el psicoanalista René Roussillon (2007) :

[Estos casos dan cuenta de la imposibilidad de pronunciar] “un no profundo que les permita evitar la alienación de las posiciones de sumisión o de rebelión (las cuales, la mayoría de las veces atestiguan la derrota del sujeto al decir un “verdadero” no, que no sea un no superficial, un no paradojal de complacencia).

De esta forma, mi paciente no podía apropiarse de su genuino deseo   de sentirse una mujer diferente  de su propia madre, al tiempo que no podía pronunciar un “no profundo” que la llevara a separarse y diferenciarse de su madre de una manera global e integral, sin quedarse “pegada” a ella a través de su síntoma y de las permanentes discusiones con ella que su trastorno de alimentación le ocasionaba.

Por último, y dentro del espectro del fanatismo, quisiera hacer también alusión a lo que considero un fenómeno bastante común y que podríamos denominar como “la escucha fanática o la fanatización de la escucha”. Si, como nos mostraba el poeta Kavafis, los seres humanos necesitamos proyectar a nuestros “bárbaros internos” en el exterior, yo me pregunto: ¿cómo intervendrán  en nuestra escucha nuestros propios fanatismos internos, que todos llevamos dentro, y que nos pueden hacen desear una respuesta única, que no ofrezca dudas, incontrovertible?  De este modo, es un hecho cotidiano  el observar no solo en los continuos debates televisivos entre oradores y políticos de diverso signo, la continua tergiversación o malinterpretación de las palabras del adversario o del interlocutor, sino también en nuestros debates cotidianos entre colegas y amigos. Por este motivo, muchas veces,  las personas podemos sacar de contexto las palabras de los otros transformándolas en proposiciones que poseen las mismas características de los imperativos categóricos y/o de los postulados fanáticos sin que, necesariamente, este tipo de funcionamiento caracterice el discurso o responda a  las intenciones del  emisor del mensaje originario. Este fenómeno cotidiano lo podríamos describir como  un intento de revestir la palabra del otro con un ropaje fanático que configurara la propia escucha del receptor. De este modo de la misma manera en que hay personas que “ven fantasmas donde no los hay”, también habría otras que, desde su propio fanatismo, “ven fantismos o fanáticos donde no los hay”, como los romanos del poema de Kavafis esperaban a los bárbaros que nunca venían.

Antes de ir concluyedo, quisiera hacer mención a  que el pasado 26 de abril tuve la oportunidad de asistir en el Instituto de Empresa a la presentación del caso “PWN Madrid: En búsqueda del liderazgo compartido” en el que se analizaba el caso de PWN como el de un caso en búsqueda  del liderazgo compartido. De mi experiencia allí quisiera resaltar, junto a lo excelente de la presentación a la que tuve la suerte de asistir y en la que intervinieron Marijo Bos (Presidenta de PWN Global), Raquel Cabezudo (Presidenta de PWN Madrid) y Pascual Montañés (profesor IE Bussiness School), el hecho de que esta presentación me hizo pensar sobre algunas cosas  que pensaba exponeros hoy aquí. En este sentido pensé que, precisamente, el ideal y modo de gobierno de  una organización como PWN, no solo es el opuesto al modo fanático de funcionamiento y gobierno, sino que es también una especie de antídoto frente al mismo que nos muestra y alienta en la dirección de que el verdadero liderazgo compartido es aquel que, frente al pensamiento único, se muestra como el liderazgo que cree que no hay una solución única para resolver los problemas y para  abordar las cosas.

Siguiendo el espíritu de PWN, y al modo de homenaje a su estilo de liderazgo y a su ideal de tolerancia y libertad de pensamiento,

quisiera finalizar mi exposición con las palabras de dos psicoanalistas que considero que  permiten preservarnos de nuestros funcionamientos fanáticos iluminando las tinieblas a las que  pueden conducirnos.

En el año 2002 Carlos Paz, en un debate entre psicoanalistas sobre “la fantasía inconsciente”, precisaba el modo en que el esclarecimiento de los términos: “unívoco”, “equívoco” y “análogo” nos podía permitir aclarar algunos aspectos de nuestros debates en torno a las propias teorías psicoanalíticas, y yo agregaría que también de nuestras propias tendencias fanáticas de las que los propios psicólogos, profesionales del área de la salud y psicoanalistas tampoco estamos exentos. El nos recordaba los alcances de estos términos precisando:

Unívoco: dícese de lo que tiene igual naturaleza o valor. Equívoco: palabra cuya significación corresponde a diferentes cosas; que puede entenderse o interpretarse en varios sentidos o que puede dar lugar a juicios diversos. Análogo: Relación de semejanza entre cosas distintas.

Y Carlos Paz concluía, a este respecto, de la siguiente manera:

Y tal vez sea una exigencia de lo unívoco o un atrapamiento en lo equívoco lo que nos problematice.

En consonancia con estas palabras de Carlos Paz, quisiera concluir también con las palabras de la psicoanalista Rebeca Grinberg (…) de su artículo “Los obstáculos para la terminación del análisis. El funcionamiento fanático”  que a mí  también me sirven, no solo como homenaje, sino también de ilustración del estilo de liderazgo de tolerancia, creatividad y libertad de pensamiento que representa PWN:

En el proceso de conocimiento, una idea puede ser iluminada desde distintos puntos de vista. Cada vértice aclara una parte del problema y deja en adecuada penumbra otras zonas. Si se describe un objeto desde distintos ángulos, se logra una conjunción de perspectivas, sombras, reminiscencias, verdades y dudas que hacen del aprendizaje una experiencia de crecimiento, dotada del innegable componente estético del descubrimiento.

 

Mercedes Puchol Martínez

Madrid, mayo del 2018

El fanatismo de la vida cotidiana

Artículo de Mercedes Puchol en el libro «Fanatismos» publicado por la APM y Lua Ediciones en 2016

 

El fanatismo de la vida cotidiana
Mercedes Puchol Martínez

El motivo por el que he decidido titular mi conferencia de hoy El fanatismo de la vida cotidiana es porque, a través de esta, deseaba profundizar en el fanatismo no tanto como organización o estructura de la mente que encontramos en determinados individuos y que, desgraciadamente y de forma dramática ocupan bastantes de las portadas de nuestros periódicos y noticiarios, sino que mi intención es referirme a todas aquellas situaciones y fenómenos que forman o pueden formar parte de nuestra cotidianeidad o de nuestro vivir común. Desde esta perspectiva, estos rasgos o funcionamientos fanáticos, que pueden expresarse de diversas formas, responderían a una potencialidad inherente a todos nosotros que puede manifestarse en diferentes contextos y situaciones dando lugar a estados mentales fanáticos o áreas fanáticas de la personalidad que derivarían en funcionamientos o actuaciones de este tipo con diferente grado de intensidad y extensión en las personas.
Tal y como nos recuerda Amos Oz (2003, p.13) en su libro Contra el fanatismo: «El fanatismo es más viejo que el islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Más viejo que cualquier Estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Desgraciadamente, el fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera». Desde este vértice, podríamos decir que el fanatismo no sería algo propio de una cultura, una ideología, una nación o una religión, sino que es algo que se puede adherir a todo ello formando parte de todos nosotros como una potencialidad en nuestro interior.

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